“Una sequía pertinaz nos estaba molestando, pero estas eran
tan frecuentes en esta región que no se tomaba como castigo.
En el mismo año asoló Italia y España un cólera
terrible. Establecieron las autoridades todo género de vigilancia,
poniendo cordón sanitario. “El hombre propone y Dios dispone”.
Aquí repito lo que oí contar.
En Alicante, se embarcó un italiano en una nave para la Argentina.
Llegó bien y se fue a La Plata. A los pocos días de haber
llegado allí, lo atacó el cólera y murió.
Después de este suceso, viene un viajero desde La Plata, y se
aloja en la fonda sita en la calle Buenos Aires [ actual Hipólito
Yrigoyen ], entre Zelarrayán y Mitre. Durante su estadía,
se enferma, llaman al médico, se descubre el cólera y
muere. (...) Ponen un vigilante de guardia, para que nadie entrara
ni saliera de la fonda. Es de suponer que el cadáver lo enterrarían
en el cementerio.
El vigilante se enferma del cólera y muere. Otro que vigila,
pronto y bien. Se repite el mismo caso con el segundo vigilante y muere
del cólera, y este vence todas las fuerzas humanas. Si mal no
recuerdo, el primer caso del cólera apareció el 11 de
noviembre de 1886.
Empezó a sonar: ¡hoy, muerto fulano!, luego otro, y otro;
se alarmó la población, pero sin remedio humano. Todos
queríamos conocer los remedios contra el cólera. Es que
la voz profética sonó a su tiempo, y no pusimos remedio.
Ya era tarde, morían y morían. (...) Nuestra campaña
estaba despoblada. Huye la gente al campo en vano. La autoridad establece
un Lazareto. No faltaba quien lo llamara con otros epítetos.(...)
De los asistidos en el Lazareto conocí a dos que allí estuvieron
en calidad de enfermos, y salieron. Una joven, a quien vi después
de muchos años, y un borracho, a quien hallaron en adoración
al dios Baco. No tuve noticia de que ningún otro de los que
llevaron al Lazareto saliera sano.(...)
En febrero calmó el cólera. Nunca he sabido con precisión
los que cayeron con el flagelo. Calculamos, más o menos, unas
trescientas personas.”